Tierra de caracoles (Ficciones Yungueñas)
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Jacingo

Ahora corretean por el cielo Yungueño. La leyenda de Jacingo y Bartolito nunca se olvidará.

Jacingo Jaime Molina Escóbar

Jacingo

El hombre meditabundo ya cifraba cincuenta y cinco años. Apoyado en la baranda de la azotea, miraba los caracoles que forman los caminos por donde trepan los pesados camiones en el cerro del frente. Más arriba, envueltas en nubes, podía divisar las policrómicas casitas de Churuhuasca. Hacia un costado de la ladera, bajo el sol fulgente de agosto, relucían algunos techos de calamina del pueblo de Chulumani. Bartolome fijaba la miraba asi como el hombre que mirando el  camino de tierra fijaba su mente en el recuerdo.En unos cuantos días más la región celebraría la fiesta de San Bartolomé pero él no estaba aún para ninguna fiesta ni jolgorio alguno. Desde que murió el abuelo ya nada parecía lo mismo aunque en realidad todo era como era en ese entonces cuando trás el abuelo y trás las comparsas correteaba de chiquillo, feliz é inocente, en otras fiestas de San Bartolo. Pero esas festividades y esa algarabía habian ocurrido hacía mucho tiempo atrás. En su recuerdo, parecían ensueños de otra dimensión y de un lejano sitio. Ahora ya nada le parecía lo mismo. Pero en realidad y sin embargo, todo estaba como había sido entonces: La vieja casona, la huerta, el río. Todo era lo mismo. Los cafetales, los cocales, el verde esplendor yungueño, eran los mismos. Lo que susurraba la brisa vespertina, ya en otros tiempos lo había oído con esas sus mismas orejas. De repente, las flores y su fragancia, los árboles con sus hojas, las piedras con su silencio y los pajaritos con sus trinos le parecieron lo mismo como él lo recordara. Todo, en realidad, parecía estático como si nada hubiese cambiado excepto por él mismo. El niño de ayer se había vuelto anciano. El abuelo viejo habia fallecido y, era él ahora el nuevo abuelo. La muerte del viejito había inexorablemente transtornado su vida. Sin embargo, ese doloroso evento había sido un proceso necesario para desenroscar el enigma de su misma existencia. El nuevo abuelo estaba ya por comprender y resolver su pena y estaba ya listo a aceptar la irremediable pérdida física del viejo abuelo. La respuesta a la interrogante del caracol tomaba cuerpo. Con el deceso del viejo había ocurrido solamente una pausa. Por fin ahora iba comprendiendo totalmente la razón de esta vida. Todo seguiría en eslabón continuo de espermas y de sangre hasta el infinito. Ahora era tiempo para velar los almácigos del jardín interior como lo había hecho el abuelo-viejo y como había intentado enseñarle en sus postreros días. Porque los años viejos son en verdad para reflexionar, para perdonar y para aprender a abandonar y dejar de lado las cosas materiales. Son para sopesar la ofrenda y herencia personales. Son para salirse del marco de la pintura y para estimar como encaja nuestro legajo en el verdadero cuadro grande de este mundo. Son años para poder transmitir cualesquier sabiduría acumulada y para practicar altruísmo en modos nunca antes considerados. Es época para contemplar a Dios en cualesquier forma que uno lo conciba. Y lejos de disminuir el aporte, de aminorar el paso ó de declinar el ímpetu, es la máxima oportunidad para la renovación y el renacimiento de un logro total. Absorto en su reflexión, el hombre parecía ajeno al aumentado tráfico de los multiples vehículos que raudos pasaban cerca de la hacienda en ruta hacia Chulumani. De repente, uno de los consabidos bulliciosos camiones de los huayllanchos, con escape abierto al pasar por la casa de hacienda, emitió un petardo infernal que paralizó la apacible meditación del nuevo abuelo. Sobresaltado, el recuerdo de Jacingo llenó su cabeza. Jacingo había sido su primer encuentro con la muerte. Eso nunca lo olvidaría. Jacingo era el sirviente negro cuidador de Bartolito, el primito nacido sordomudo. Bartolito había nacido un 24 de agosto con deformidades congénitas, cara de viejo y mente de niño y con la sonrisa y el don de un angelito. Era feo externamente; grotesco y jorobado, tenía una nariz bulbosa como lacayote, pelos hirsutos amarillentos como paja brava, orejas peludas de burro miniatura, dientes de choclo pero, si bien medio opita, había nacido con una alma de cristal. El negro Jacingo era, a su vez, esbelto y bien plantado. En contraste a los débiles y gangosos ruiditos que profería el niño mudo, la voz estentórea de Jacingo era una sonora carcajada escandalosa de mandinga liso y profano. Su atlético cuerpo simétrico era musculoso, su tez de alquitrán era brillosa y lisa, sus dientes blancos y relucientes estaban perfectamente alineados. Pero a pesar de tan linda pinta, algo medio que no engranaba. Tenía la vista titubeante, furtiva, desconfiada, medio vacía. En el fondo de sus pupilas habia un lago oscuro y tenebroso. No siempre había tenido esa mirada. Creo que la adquirió una víspera de otra fiesta de San Bartolo, cuando atrevido se hiciera burla de los “palla-pallas”. Cerca de medianoche de la víspera de cada fiesta de San Bartolo, los integrantes de las comparsas y bandas que acudían al pueblo se congregaban para chuparse como descosidos. Mezclaban el pisco caliente con cervezas medio frías y con el vino tibio barato hecho de colorantes y alcohol marca Venado por la doña Santarrita del Pueblo. Embriagándose, se ponían atuendos hechos con hojas de plátano amarradas con cogollo y se adornaban con firuletes hechos de papeles multicolores. Se embadurnaban las caras con betún ó se las tiznaban con carbón. Asi se convertían en los notorios “loco-palla-pallas” de la noche de San Bartolomé. Borrachos y jadeantes frenéticamente bailaban hasta el amanecer al son de los tambores, zampoñas gigantescas y pinquillos largos y estridentes. A media luz de luna, bajo un fondo de música lúgubre alternaban el son andino con el candombe de la saya yungueña. Chupados, jugaban bruscamente actuando como verdaderos dementes pegando con matasuegras y amenazando con chicotes y con rebenques a los espectadores que se atrevían a congregarse en el sitio para ver la farándula y compartir el frenesí. Chupando y bailando y gesticulando, pasada la medianoche antes del alba, antes de que el sol resurgiera, súbitamente como recua desembocada, corrían en tropel cuesta abajo hasta el borde de la jalancha que era el muladar del pueblo donde los locales tiraban todos sus desperdicios; por ese entonces no había ni catastro ni drenaje. Al llegar a la pampa, se desvestían, removían todos los atuendos hasta quedar calanchitos como el Adán de la biblia. Y arrojaban sus prendas y las hojas de plátano, los cogollos, firuletes y papeles hacia abajo, hacia el fondo del barranco de la jalancha. Tenían que despojarse de todo. Era la abusión, superstición, creencia que profesaban. Que si no lo hacían, que si no se despojaban de esos disfraces, antesitos que el sol saliera, de “loco-pallapallas” de mentiritas se convertirían en verdaderos locos humanos y maldecidos.

Fué en una de esas noches, víspera de otra fiesta de San Bartolo, cuando Jacingo, -entonces un imberbe travieso adolescente que aun poseía su mirada original, se había colado entre los músicos y celebrantes. Se había disfrazado como ellos y pasó desapercibido. Se chupó también y se divirtió haciendo el papel de loco-pallapalla. Cuando llegó a la pampita de la jalancha cerca del amanecer, estando pedo, rehusó quitarse la vestimenta y más bien se hizo burla y se empezó a reír de la desnudez de los hombres calanchos. Agarrando un látigo llamado “nervio” les dió en las nalgas y en las carnes flacas y en las carnes gordas. Causó más pavor el solito que todos los locos-pallapallas juntos cuanto ellos atemorizaban, más temprano, a la gente espectadora. Despuecito de la sorpresa, los tipos reaccionaron, se calentaron y le dieron maciza tunda y paliza al pobre negro. Doña Candelaria de repente lo identificó y lo maldijo diciendo “Aij Jacingo, negro malcriado, mandingo maldito, tú te has de volver un verdadero loco tarde o temprano, Aij Jacingo, negro pingo mandingo!”. Desde esa noche, Jacingo empezó a mirar de reojo, titubeante y desconfiado. Fue desde esa noche que el moreno tenía la mirada tosca y furtiva.

Bartolito y Jacingo eran inseparables. Y si el mudito no lo podía decir con palabras, sus ojos verdolagas expresaban el afecto que sentía por Jacingo. Viendo a Jacingo andar prendido del chico y al verlo sacar la cara por el opita, uno vislumbraba el estrecho lazo que los unía. Completamente entregado a su amito, con él era un criado bondadoso. De su abnegación al chiquillo, nadie lo dudaba, especialmente cuando a veces, el negro a trompadas se agarraba con forasteros que se mofaban de Bartolito. Especialmente con aquellos forasteros petiteros y algunos chukutas ignorantes, que no sabían que Bartolito era como la mascotita idolatrada del pueblo aunque nadie supiera cabalmente si era por lástima ó por genuino afecto. Pero la verdad es, que cuando pasaba por una casa o por una tienda, las cholas del pueblo como así las susodichas damas de alcurnia lo trataban como a un ser amado. Abrían sus corazones y destapaban sus balayes y le regalaban por aquí una empanadita, por allá un enquesadito ó una kaukita y en otros lados melcocha y otras golosinas. Y al negro Jacingo también le daban de paso un tulo y, a veces, cafecito tinto endulzado con chancaca pa’ tener donde sopar su pan trigueño, dos cosas que al patizambo le encantaban. Bartolito y su inseparable compañero guardaespaldas, correteaban por todo el pueblo desde el canto hasta la ladera, desde Chajno hasta Mijma, por la plaza y por las callejuelas, de arriba pa’ abajo de una punta del pueblo a la otra. Cada año por esta época, ansiosos aguardaban el día de San Bartolomé porque, no solamente era día del Santo del niño y del pueblo, pero porque a los dos les fascinaba las tropas de música y las comparsas que venían de todas partes. Pero más que todo, les embelesaba los fuegos artificiales, las luces de bengala y los cohetillos con que los puebleños celebraban al santo. Asi fué que una mañana de un 24 de Agosto se levantaron más temprano que de costumbre para no perderse un minuto de ese día favorito. Parecía que el pueblo habia también empezado muy temprano a celebrar al santo con fuegos artificiales madrugadores. Pero esta vez el ruido era más fuerte, no eran simples cohetillos; éstas eran ensordecedoras detonaciones. Hasta el mismo Bartolito parecía que escuchara el barullo y el bochinche y eso que había nacido sordo. Salieron corriendo a ver que era lo que pasaba y retornaron apresurados aterrorizados cuando descubrieron que eran cartuchos de dinamita lanzados por mineros borrachos que bajaban de la Mina Chojlla en busca de cholitas y de cervecitas paceñas. Estos mineros cuando ebrios eran unos salvajes. Imagínenselos nomás pues tirando cartuchos de dinamita al aire causando terrible pavor y alboroto entre todas las guaguas, las gallinas y los perros y entre toditita la gente decente del pueblo. La tia Pasaku y Doña Candelaria estaban de acuerdo: “Esos forajidos merecían chicote y kimsacharani en el poto, en sus nalgas calanchas así como el Jacingo lo había hecho con los loco-pallapallas.”

Pasado el susto inicial, Jacingo se mataba de risa. Sus carcajadas contagiaron a Bartolito que, más de alivio del susto que otra cosa, convulsivamente medio que carcajeaba algo así como un rebuzno de burro socarrón. Más tarde, ese mismo día, Jacingo de algún modo había conseguido un cartucho de dinamita y, negro mono copiador, quiso hacer lo mismo que los mineros. De algún otro modo convenció a Bartolito a escaparse de la casa a la ladera dizque a hacer sonar su propio cohetillo. Y rapidito se fueron a las afueras del pueblo antes que los atarearan con los preparativos de la fiesta del cumpleaños de Bartolito. Llegados a la ladera del pueblo, inmediatamente, el negro prendió el cartucho. Pero no lo pudo ó no lo quiso soltar a tiempo. Y en frente del niño cara de viejo, el negro murió estallado, hecho añicos como sandía arrojada contra un piso de cemento. Ay caray, caray! El pobre chico corrió llorando, berreando despavorido como si estuviera endemoniado. Cuando informaron al tío Donato y a la tía Saturnina, padres de Bartolito, sobre lo que había pasado, una pesadilla más fué desencadenada con lágrimas y dolorosos punzantes gemidos de angustia y desgarradora pena…

-Dónde esta mi Bartolito? Dónde esta mi cululi?

-Por ahicito lo ví pasar corriendo yendo pa’ hacia el pueblo.

-Por allacito estuvo llorando.

Pero no lo encontraban por ningún lado. Toda la familia y los vecinos lo empezaron a buscar. Para esta hora, la muchedumbre ya llenaba las calles del pueblo. Ya estaba terminando la procesión de los curas y estaban ya comenzando otra vez las bandas de música y las comparsas. Entre ruido y música a granel, las comparsas de sicuris, competían con las kullawadas y con las llameradas y con los auqui-auquis y morenadas. Pero siempre eran mucho “más mejor” los caporales bailando la saya yungueña.

Parecía un infierno el buscar a Bartolito y no encontrarlo entre la multitud y la música cada vez más creciente y entre los innumerables bailarines cada vez más y más chupados. Fue fantasmagórico ver a la tía Saturnina afanosa preguntando y llorando y correteando entre tanta gente de un lado pa’ otro por todos los confines por donde Jacingo y Bartolito solian recorrer. Y, aún más espeluznante, cuando en el fondo se veía a los bailarines de las vistosas diabladas de Oruro saltar y brincar al compás de su embriagante ritmo. Y Bartolito perdido y no lo encontraban por ningún lado.El viejo de cincuenta anos y pico se dijo asimismo: Ese fue mi  primer encuentro con la muerte.

-Cuidado que se haya también matado!

-Ay mi cululi! Dónde está mi ananita? Bartolitoy, Bartolitóóóó!!!

Y no lo encontraban y ya era de noche. En el pueblo seguía la fiesta y seguían dándole duro y seguido los músicos y las comparsas… De repente, al tío Manucho se le ocurrió que fueran a buscar en el matuasi, el galpón donde los tíos almacenaban la coca y a donde más temprano habían llevado los restos rescatados de Jacingo para el velorio. Y fueron al matuasi. Estaba oscuro. Tuvieron que prender linternas y faroles de minero porque en el matuasi no había conección electrica. El niño de siete años, colado y asustado iba detrás de los tíos. Al fondo del matuasi, sobre una tarima se veía un bulto cubierto con sábanas de tocuyo, ensangrentadas y sucias. Habían dos velitas prendidas hacia un lado. Acercándose mas cerquita, allí estaba Bartolito balbucueando aferrado al bulto que eran los restos rescatados de Jacingo. Los tíos se atajaron para que los chicos no vieran al cuerpo sangriento y destrozado y pa’ que no vieran la cabeza decapitada como la de San Bartolomé mártir cuando fue descogotado. Pero el travieso chico de siete años destapó el tocuyo y se topó con la media mirada de la cara rota de Jacingo y con lo que no se debe ver… Ese fue mi primer encuentro con la muerte pensó el hombre… Y ya no quería recordar más. Abajo de la azotea vió a Gumercinda, la ama de llaves de la casona vieja barriendo el patio. Ella se dió la vuelta y cruzó sus ojos con los ojos del hombre. Casi tenía los mismos años. Habían jugado de niños cuando ella, dizque una de las muchas posibles primitas, ilegítimas o lejanas, era en ese entonces, una imillita de pichicas cortas. Ahora, estaba canosa, aún más canosa que el hombre. Cuando cruzaron sus vistas ella se preguntó en qué estaría pensando el hombre tan absorto y tan callado por tanto rato. El, casi simultáneamente, se preguntó si ella recordaría a Jacingo y aquél 24 de agosto. Quiso disimular su inolvidable trágico recuerdo y se dirigió a ella…

-Doña Gumi, va a ir a la fiesta de Chulumani?

-Pues sí, caballero. Cómo se le ocurre que me pierda la fiesta de San Bartolo!

En su mente y en sus ojos estaba grabada la tierra  amada.

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