Tierra de caracoles (Ficciones Yungueñas)
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Niños Manuelitos

Un cuento de Navidad en los Yungas

Niño1 Jaime Molina Escóbar
con las aportaciones de Huáscar I. Vega Ledo

El tiempo de aguas llegó más temprano. Era víspera de Nochebuena. Llovía, llovía irremediablemente. El cielo se rompía en añicos de vidrio mojado. No se oía nada más que el ensordecedor torrencial rebotando sobre las piedras, rodando en las laderas y abofeteando las hojas y las ramas de los árboles y arbustos. El trinar de los pajaritos y su vuelo libre fueron forzados a una pausa. El aguacero caía estrepitosamente por las cañadas yungueñas. Ese día toda faena externa fue paralizada en la casa de hacienda y no se permitió salir a los niños. Enjaulados, inquietos y aburridos los chiquillos un tremendo berrinche armaban cansados de jugar a puerta cerrada. Sólo el niño de siete años parecía estar tranquilito y absorto miraba a través del ventanal cómo la tarde se diluía en cien mil cristales.

Cerca de la ventana estaba la abuela-niña sentada en la mecedora arrullando al nieto más chico en su regazo bendito. Meciéndose, meciéndose, susurraba un hilito de voz que transformaba en nostalgia la vieja canción poema:

“Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan,
piden queso piden pan,
los de roque alfandoque,
los de rique alfeñique,
los de trique triquitrán,
triqui triqui, triqui tran,
triqui triqui triqui tran.
Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan…”

Los demás niños al escuchar esos versos se ponían más inquietos y más ufanos de querer salir é ir a revolcarse en el aserrín mojado, ó a jugar a las espaditas con los desechos de tablas, ó a corretear por los callejones de tablas recién cortadas, ó a brincar sobre los troncos amontonados a un lado de la maestranza.

Por su parte, el changuito de los sempiternos ojos de asombro, cavilaba calladito. Lo mucho que le gustaba escuchar cantar a la abuela-niña esa canción de madera al vaivén de su mecedora tallada en ¡noble nogal yungueño! Así quizás o, tal vez fue revolcándose en el aserrín, que comenzó su fascinación con todo aquello relacionado con la madera… La canción, el aserrín, la silla tallada, los gigantescos troncos yaciendo sobre el suelo como anacondas dormidas, las tablas blancas, brillosas y olorosas que eran amontonadas en el patio de la hacienda, la magia de los lugareños que transformaban aquello en guitarras, bastones, muebles, utensilios y juguetes. Todo ello lo mecía cual un inmenso cordón umbilical que lo ataba a esta patria chica, lazo vegetal que nunca se rompería y que muchos años después por fin comprendería al darse cuenta cabal de por qué siempre amó a esta tierra de raíces, de flores, de manantiales de magia y de vertientes de ensueño y de árboles en pié, majestuosamente erguidos.
De pronto la lluvia amainó un cachito. Casi inmediatamente vio furtivos corretear velózmente a los ratoncillos de campo llamados achakus y vio una peluda chai comadreja cambiar de posición en la maleza. Cerca de un árbol de pacaya revoloteaban los uchis aurinegros, bulliciosamente rompiendo la monotonía del aguacero. De repente, vio cruzar por el patio dos veces un jutíuw-jutíuw . Azorado se tornó hacia la abuela y se topó con sus ojos. Ella también había visto pasar al pajarillo anunciador. La abuela quien quizás amaba un poquito más a este chiquillo tal vez porque le recordara al abuelo poeta, le dijo: “Sí, mi hijito. Dos visitas nos está avisando: El niño Manuelito debe volver esta noche y para estas horas ya debía haber llegado el tío Abundio…”

Por esa fecha el tío Abundio volvía del exterior repletito de regalos no como un Papá Noel ó como un Santa Claus, sino más bien, como un maravilloso Ekeko .

Pero el tío Abundio había sido demorado por las torrenciales lluvias y por los derrumbes en el camino de tierra. El lodo obstruía el paso a los vehículos. Una muralla de barro y piedras calizas separaba a los camiones opacos que bajaban del altiplano de los polícromos camiones que repletitos de fruta y coca subían bullangueros desde tierra adentro. Cerca del cruce de las Tres Marías , cerquita de la cascada llamada Velo de la Novia , el tío Abundio y su carga prodigiosa tuvieron que ser transbordados. Indios musculosos tuvieron que hacer cruzar al tío Abundio levantado como si fuera el hombre de estuco en su palio porque ni quería ensuciar sus botas acharoladas ni manchar su impecable colán de gabardina esterlina. Los paquetes de regalos también estaban siendo transbordados por otros diez pongos taciturnos. De súbito un grito unísono de lamento y sorpresa por todos los viajeros acuchilló el aire al ver caer al fango el paquete más grande y más pesado. En ese instante el tío Abundio dio un salto increíble, cogió el paquete y lo rescató de ser sepultado por la mazamorra de lodo. Qué importaban sus botas y sus pilfarras finas. Ese paquete y esos niños importaban mucho más.

Por fin llegó el tío Abundio a Churuhuasca . Al bajar del camión de carga sus botas otra vez limpias, brillaban aún más que el adoquín mojado de la calle del pueblo y casi relucían tanto como su sonrisa.

Después de los consabidos besuqueos, abracitos, bienvenidas y tiernos apretones, los pequeñuelos más le prestaban atención a los paquetes que a la efusividad del tío Abundio que hacía carcajear a los adultos con sus relatos, sus innumerables chistes y sus pícaras ocurrencias. Los niños por su parte querían inmediatamente abrir los paquetes ahí mismito en cuanto llegó el tío Abundio al pueblo. Esos regalos, envueltos en brilloso papel multicolor navideño, en los ojos de los pequeñuelos eran cajas mágicas de misterio. Pero la abuela Santa Rita del Pueblo dictaminó que no. Que no se abrían los paquetes. Que la Navidad era celebración para el Niño Manuelito y que los demás niños buenos tenían que esperar por sus regalos hasta el Día de Los Reyes, hasta el seis de Enero, hasta después del Año Nuevo. La tía Eulalia Francisca, beata pero malévola, con enjundia y con sarcasmo re-enfatizó innecesariamente, para mayor pena de los pequeñines, que la abuela dijo que no y que no mientras al mismo tiempo otorgaba uno de sus consabidos pellizcos dolorosos al Fierito Isidorito que se había atrevido a tocar uno de los paquetes. Los niños desconsolados se tuvieron que resignar a esperar. Quizás a partir de ese momento aprendieron a tener un poco de calma, que el hacer las cosas bien importa más que el simplemente hacerlas.

Los adultos comenzaron a libar ponchecitos y coctelitos yungueños y también cognac y vinos tintos y vinos blancos traídos por el tío Abundio dizque de Francia y la lejana España. Todos comían con gusto indescriptible primero la picana navideña y después se empachaban con buñuelitos y con bombones y con turrones de Alicante y con la chamuña de Ipico y también tomaban chocolate calientito y espumoso y lo acompañaban con las cocadas y los suspiros y con los enquesaditos y empanaditas especialmente preparados para esta ocasión por la tía Pasaku y por la chola Candelaria.

Ya después de la cena de Nochebuena, cerca de medianoche todititos se fueron a la Misa de Gallo. A pesar de la hora, el chaval de siete años andaba más despierto que una cabra en celo.

Dentro de la bóveda inmensa de la Iglesia, el chiquillo se deleitó escuchando los villancicos, embelesado por la música como por el color y la fragancia de las flores, de las madreselvas y las palmeras. De repente, se puso a llover otra vez. Volvía a llover a cántaros. Retumbaban los truenos y a través de los cristales enfarolados se veía el relumbrar fantástico de los relámpagos andinos. Entonces se acordó de un cuento de verdad que la abuela-niña le repetía cada vez que iban juntos a esa iglesia. Cuento que traviesamente pretendía no gustar oír pero que le deleitaba escuchar una y otra vez. Resulta que cuando tenía dos años, al ver la estatua de Santiago ubicada en esa misma iglesia, dice que empezaba a corretear por toditos los pasillos y por el púlpito como si fuese un jinete, como si estuviera galopando un caballo imaginario mientras gritaba:

“¡Pacha, mula!
Paacha, pacha, pacha, paacha”

suscitando risas y chacota de los feligreses y desesperación y consternación del cura celebrante. Al recordar se imaginó al verdadero Santiago corretear por el cielo tamboreando con truenos al galopar su corcel blanco y al acicarlo con sus espuelas de oro y plata y al hacer estallar su látigo de fuego. Y también se acordó una vez más del abuelo muerto cuando airoso se paseaba en su potro de paso altoperuano con sus crines largas sobre la montura de cuero y plata labrada que él mismo había heredado de su propio bisabuelo…
Afuera, en otro rinconcito de Churuhuasca, amparado por las estrellas, el niño cantor, el huerfanito del pueblo, también esperaba la Navidad. Él sabía que el tío Abundio que no era su verdadero tío, también le había traído un regalito. Él tampoco quería tener que esperar hasta el seis de enero. Él quería llorar, pero él era un machito yungueño y, en lugar de eso se puso a cantar. Empezó susurrando y luego a voz en cuello sacando el alma por la garganta cantó y cantó. Cantó tanto, tanto y tan bonito esa noche, que al día siguiente todo el pueblo lo empezó a llamar “El Chojolulo ” y, ya nunca más “El Huerfanito”.
En la iglesia, el changuito empezó a caer dormido sobre el banco duro de madera, reposando su pequeña espalda, esperando el día de los Reyes para abrir los paquetes. No era como le habían dicho que había sido. Era más lindo. No era como en las revistas traídas de Europa por el tío Abundio y no como les contaba la tía Francisca Eulalia y ni siquiera era como en el evangelio de San Juan. No había nieve ni hacía frío en la Navidad yungueña. Quizás un poco de lluvia. Y si la Virgen María y San José hubiesen llegado a Churuhuasca en lugar de llegar a Belén, segurito que les habrían dado acogida de inmediato. En Churuhuasca, el Niño Manuelito jamás hubiera tenido que nacer en un pesebre. Tampoco entendía por qué las viejas beatas tiran copos de algodón dizque para imitar la nieve si era más lindo tirar pétalos de rosas y de jazmines. Aquí además no hacia frío, era siempre primavera. Y en vez de tiritarse y tayacharse con nieves de tierras frías era mejor mojarse el rostro con agua cálida de lluvia yungueña.

Y fue cayendo dormido, soñando con los ojos abiertos. Finalmente, se acurrucó hacia un lado de la abuela-niña, acariciando sus manos y su velo blanco y al mismo tiempo dibujando con los pliegues del velo, espirales de caracol mientras cerraba los ojos.

A lo lejos, el Chojolulo seguía cantando…:

“Niño Manuelito, caga buñuelito.
Este niño viejo cada año nace,
cada año vuelve,
cada año llega.
Niño Manuelito,
caga-buñuelito,
en su chijipampa .
Huiskiki, huiskiki ,
saltando saltando…”

Cantando, cantando,
Soñando, soñando…

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